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El día que elegí a tu rival

El día que elegí a tu rival

En proceso

Introducción
Doce años de amor, lealtad y promesas se hicieron añicos con un solo disparo. Aria estaba convencida de saber lo que era amar: entregarlo todo, saber esperar y confiar ciegamente en el hombre con el que llevaba más de diez años comprometida. Pero el día de San Valentín, cuando alguien los apuntó con un arma, Liam no dudó en proteger a Sophia, su ex. Aria, en cambio, quedó herida y abandonada a su suerte. —¡Casi mueres! —Y él ni siquiera me miró, Lili. La abrazó como si yo no existiera. Con el corazón roto, pero decidida a no renunciar a su dignidad, Aria toma una decisión impulsiva: casarse con Aiden Carter, el acaudalado rival de Liam, para darle una lección. Sin embargo, Aiden no es un simple consuelo pasajero. Es un hombre poderoso, posesivo y, contra todo pronóstico, dispuesto a protegerla. Y cuando quiere algo, no se anda con medias tintas. Entre el amor que le falló y un hombre que podría pedirle más de lo que está lista para entregar, Aria tendrá que enfrentarse a la decisión más difícil de su vida. ¿Conseguirá por fin ser la prioridad de alguien o acabará perdiéndose a sí misma en el intento?
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Capítulo

Punto de vista de Aria

Jamás imaginé que el Día de San Valentín sería el día en que de verdad me romperían el corazón.

Liam había reservado una mesa en La Perle, la joya de la corona de la gastronomía de Manhattan. Sobre nosotros relucían arañas de cristal; un jazz suave envolvía el salón y cada mesa estaba perfumada con rosas. Tenía que haber sido la cita perfecta de San Valentín. Una de esas noches que algún día les contarías a tus hijos.

—Estás preciosa esta noche, Aria —susurró Liam mientras alargaba la mano sobre la mesa para tomar la mía.

Sonreí, intentando ignorar lo distante que se había mostrado últimamente. Nuestra relación había cambiado desde que Sophia Clarke regresó a Nueva York dos meses atrás. Aun así, yo seguía aferrándome a la esperanza.

Después de todo, íbamos a casarnos dentro de solo cinco días.

—Me alegra que hayamos podido pasar juntos el Día de San Valentín —dije en voz baja.

Liam asintió, aunque parecía tener la mente en otra parte.

—Claro. No me lo habría perdido.

Sus palabras no consiguieron borrar de mi memoria todas las cenas que había cancelado recientemente. Siempre con la misma excusa: «Sophia me necesita».

Nuestros entrantes acababan de llegar cuando Liam abrió mucho los ojos. Seguí la dirección de su mirada y se me cayó el alma a los pies.

Sophia Clarke estaba allí, radiante con un vestido blanco que se ceñía a su esbelta figura. El cabello rubio le caía en cascada sobre los hombros. Sus enormes ojos azules, tan aparentemente inocentes, recorrieron el salón hasta detenerse en nuestra mesa.

Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.

—Vaya, pero qué escena tan adorable —dijo Sophia mientras se acercaba con aquel vestido blanco de seda pegado al cuerpo como una segunda piel—. Liam, Aria... ¿Qué posibilidades había? Manhattan es enorme y, aun así, no dejo de encontrarme con ustedes dos.

Su sonrisa era dulce como el azúcar. Sus ojos, no tanto.

Me mordí el interior de la mejilla. Aquella era la tercera «coincidencia» del mes.

Liam se levantó de inmediato.

—Sophia, qué sorpresa.

La calidez de su voz era inconfundible.

—Solo he venido a reunirme con unos amigos. —Sophia me dirigió una mirada fugaz antes de volver a centrar toda su atención en Liam—. Pero parece que van a llegar tarde.

—¿Por qué no te sientas con nosotros mientras esperas? —propuso Liam.

Demasiado rápido. Demasiado ansioso.

Durante un instante me quedé paralizada. Fue como recibir un golpe seco en el pecho, un dolor sordo que empezó a extenderse por todo mi cuerpo.

Nuestra cena romántica de San Valentín acababa de convertirse en una velada para tres.

A medida que avanzaba la noche, Sophia se adueñó de la conversación con historias que parecían elegidas para recordarle a Liam el pasado que compartían. Él asentía con entusiasmo una y otra vez, perdido en recuerdos de los que yo no formaba parte.

Permanecí allí, invisible, viendo a mi prometido coquetear con su primer amor delante de mí.

—Sophia —intervine por fin, con la paciencia al límite—, es el Día de San Valentín. Liam y yo estábamos cenando en privado.

—Ay, Aria... —Su voz rebosaba falsa compasión—. No seas tan posesiva. Liam y yo solo somos dos viejos amigos poniéndonos al día. ¿Verdad, Li?

—Aria, no seas tan susceptible —me reprendió Liam con brusquedad—. Sophia solo está conversando.

Me quedé mirándolo, incapaz de creer aquel reproche. Se suponía que esa era nuestra noche. ¿Y aun así la defendía a ella?

—Será mejor que me vaya —murmuré, dejando la servilleta sobre la mesa.

El dolor de su traición era más de lo que podía soportar.

No había llegado a levantarme cuando el estruendo de unos cristales al romperse inundó el restaurante. La voz fuerte y frenética de un hombre atravesó la elegante atmósfera del salón.

—¡SOPHIA! ¿DÓNDE ESTÁ?

Un hombre desaliñado de poco más de treinta años avanzaba tambaleándose, con los ojos fuera de sus órbitas. Sin embargo, no fue su aspecto lo que me heló la sangre, sino la pistola que aferraba con una mano temblorosa.

—Ryan —jadeó Sophia desde nuestra mesa.

El color había desaparecido de su rostro.

—¡Si no puedo tenerte yo, no te tendrá nadie! —gritó Ryan con la voz quebrada por la emoción.

A partir de ese momento, todo pareció suceder a cámara lenta.

El rostro de Ryan se deformó de rabia. Alzó la pistola y apuntó directamente a Sophia.

Liam ni siquiera me miró.

Su silla chirrió al retroceder mientras se abalanzaba hacia Sophia y la rodeaba con los brazos como si fuera lo más preciado del mundo. La estrechó contra sí, frenético, susurrándole promesas que yo nunca debería haber oído.

¿Y yo?

Me apartaron y quedé por completo expuesta ante el cañón del arma.

El disparo fue ensordecedor.

Un dolor abrasador me atravesó la parte superior del brazo y caí al suelo. La sangre caliente empezó a empapar mi vestido, pero yo solo podía concentrarme en la escena que tenía delante.

Liam envolvía a Sophia con su cuerpo para protegerla. La cubría por completo mientras le acunaba la cabeza entre los brazos.

Ni siquiera se había vuelto a mirarme.

En ese instante, dejé de existir para él. En sus ojos solo estaba Sophia.

—Señorita, ¿se encuentra bien? —Un camarero se arrodilló a mi lado, alarmado al ver la sangre que teñía mi manga.

Por suerte, solo había sufrido una herida de roce. En cuanto sonó el disparo, los guardias de seguridad derribaron a Ryan y desviaron su puntería. La bala únicamente me rozó el brazo, en lugar de impactarme de lleno.

Aun así, el dolor de la herida no era nada comparado con la agonía que me desgarraba el corazón.

Liam no reparó en mí hasta que llegaron los paramédicos. Al descubrir la mancha carmesí que se extendía por mi manga, abrió los ojos de golpe.

—¡Aria! —Palideció al ver la sangre—. Dios mío, ¿estás herida?

—Estoy bien —susurré.

Pero nada estaba bien. Nada volvería a estarlo jamás.

—Lo siento muchísimo —tartamudeó mientras me ayudaba a levantarme—. Sophia estaba más cerca de mí. Solo reaccioné. Todo ocurrió muy rápido.

Asentí de forma mecánica. Acepté su explicación porque la alternativa era demasiado dolorosa.

Sin embargo, la verdad retumbaba en mi cabeza al ritmo de cada latido: no la había elegido porque estuviera más cerca. La había elegido porque era más importante.

—Tenemos que llevarte a un hospital —insistió.

Por fin parecía preocupado mientras examinaba la herida.

La sala de urgencias era un caos. Mientras el médico me limpiaba y suturaba el brazo, Liam recorría nervioso la pequeña sala de tratamiento de un lado a otro.

—Me diste un buen susto —dijo. Se detuvo frente a mí y me apartó el cabello de la cara—. Cuando vi la sangre...

Durante un instante, me permití creer que de verdad le importaba. Quizá lo ocurrido en el restaurante sí se había debido a la proximidad y al instinto. Quizá no había sido una ventana abierta a su corazón.

Entonces su teléfono vibró.

Liam miró la pantalla y su expresión cambió. Culpa. Urgencia. Algo que jamás había visto cuando me miraba a mí.

Lo supe todo antes incluso de que pronunciara su nombre.

—Es Sophia —murmuró casi a modo de disculpa.

Como si yo debiera comprenderlo. Como si fuera normal abandonar a tu prometida mientras sangraba para correr detrás de tu ex.

—Dice que está sufriendo un ataque de ansiedad... Debería contestar.

—Adelante —respondí con voz vacía.

—Volveré enseguida —prometió.

La puerta apenas se había cerrado tras él cuando las lágrimas que llevaba tanto tiempo conteniendo empezaron a deslizarse por mis mejillas.

Cuando el médico terminó de vendarme el brazo, ya habían transcurrido veinte minutos.

Liam no había regresado.

—La bala la rozó con bastante profundidad —me explicó el médico—. Tiene suerte de que no alcanzara nada vital. Le he recetado antibióticos y analgésicos. Esta noche debería quedarse acompañada.

Asentí en silencio, preguntándome quién se quedaría conmigo, ya que mi prometido tenía asuntos más importantes de los que ocuparse.

—¡Aria!

Lillian irrumpió en la sala de tratamiento, con los ojos muy abiertos por la preocupación.

—Vine en cuanto recibí tu mensaje. Dios mío, ¿estás bien?

—Estoy bien —contesté por reflejo, aunque la mentira me pesó en la lengua.

Lillian recorrió con la mirada la habitación vacía y su expresión se ensombreció.

—¿Dónde está Liam?

No fui capaz de mirarla a los ojos.

—Tenía que contestar una llamada.

—¿Una llamada? ¿Te dispararon y él se fue a contestar una llamada? —Su voz se elevó con cada palabra—. Por favor, dime que no era de quien estoy pensando.

Mi silencio fue respuesta suficiente.

—No. Esta vez no voy a dejarlo pasar. —Cruzó los brazos—. Doce años, Aria. Llevas doce años amándolo, ¿y así es como te lo paga?

—Lili, por favor.

Estaba demasiado agotada, demasiado herida para tener aquella conversación.

—¿Podemos irnos? No quiero pasar la noche en mi casa. Papá se preocuparía demasiado si me viera así.

Cuando llegamos a su apartamento, apenas conseguía mantenerme entera. En cuanto me senté, el nudo que tenía en la garganta terminó por romperse. Las lágrimas brotaron sin control y empaparon la manga de la camisa de Lillian.

Ella se sentó a mi lado y apretó mi mano ilesa entre las suyas. Su calidez era lo único que me mantenía anclada.

—No puedes casarte con él, Aria —dijo con suavidad mientras me secaba una lágrima de la mejilla—. No después de esto.

Negué con la cabeza, intentando respirar entre sollozos.

—No puedo marcharme sin más, Lili... Llevo doce años amándolo.

Tomé aire antes de continuar.

—Nos conocemos desde niños. Él estuvo a mi lado cuando murió mi mamá. Me abrazó durante las peores noches de mi vida. Ha sido... todo para mí. No puedo tirarlo todo por la borda por un solo error.

—¿Un error? —repitió con el ceño fruncido—. Aria, un hombre sacó una pistola y Liam corrió a proteger a Sophia. No a ti. Eso no fue un simple desliz. Fue instinto. Fue su corazón reaccionando antes de que su boca pudiera inventar una excusa.

Clavé la mirada en el frío suelo de baldosas. Tenía la garganta cerrada y el pecho dolorido.

No quería admitirlo, pero tampoco podía negar lo que había visto.

—Me dijo que no había nada entre ellos —murmuré con voz ronca—. Que solo son amigos.

Lillian soltó el aire con un leve temblor y me apretó la mano.

—Sé que lo amas. De verdad. Pero el amor no siempre basta, sobre todo cuando solo ama una de las dos personas. Y, Aria... creo que eres la única que sigue aferrándose.

Sus palabras fueron como cuchillos que se hundían en heridas abiertas, todavía en carne viva. Un dolor intenso empezó a palpitarme en la cabeza.

Sabía que Lillian tenía razón.

Pero ¿cómo podía marcharme ahora? Nuestras familias llevaban meses organizando aquella boda. Todos esperaban el final de cuento de hadas de nuestro romance de doce años.

Y, pese a todo, una parte pequeña y necia de mí aún confiaba en que nuestra historia pudiera terminar bien. En que Liam recordara por qué me había pedido que me casara con él. En que aquel chico que una vez prometió protegerme encontrara el camino de vuelta a mí antes de que fuera demasiado tarde.

—Le daré una última oportunidad —susurré mientras me secaba las lágrimas.

La voz me temblaba. Mis palabras, no.

—Cinco días. Si no puede demostrarme que soy la mujer a la que elige, se acabó. No habrá más excusas. No volveré a mendigar migajas.

Lillian no discutió. Se limitó a atraerme hacia sus brazos y abrazarme como ya lo había hecho cientos de veces cuando éramos niñas.

Cinco días.

Eso era todo lo que pensaba concederle.

Después... tendría que encontrar la manera de recuperarme a mí misma.