PUNTO DE VISTA DE ELODIE
El corazón se me hizo añicos mientras contemplaba el papel que sostenía entre las manos.
Había firmado mi renuncia ese mismo día.
Sin pestañear siquiera.
Nueve años a su lado. Nueve años amándolo, solo para descubrir que, para él, yo no significaba nada.
—¿Quieres que se lo diga? —La voz de la directora de Recursos Humanos volvió a sacarme de mi ensimismamiento.
Me puse rígida y me mordí el interior de la mejilla con tanta fuerza que me dolió.
Aun así, aquel escozor no era nada comparado con el dolor que me atravesaba el pecho, como si alguien estuviera hundiéndome un puñado de dagas.
Aferré con más fuerza los documentos de la renuncia. Ya no podía seguir mirando la pantalla del portátil. No con las lágrimas a punto de desbordarse.
Aparté la cara, inspiré de manera entrecortada y parpadeé varias veces. La vista ya empezaba a nublárseme.
Dios.
Dolía mucho más de lo que había imaginado.
—Ya no hace falta. Él la firmó. Es hora de que me vaya.
La directora de Recursos Humanos suspiró. Con la preocupación reflejada en los ojos, se acercó un poco más a la cámara.
—El alfa Calhoun no se dio cuenta de que era tu renuncia. La firmó sin leerla siquiera. Llevas años siendo su mano derecha. Depende de ti más que de nadie. Te valora, Elodie. No se trata de cubrir un puesto cualquiera. No eres reemplazable.
Los labios me temblaron.
Y no precisamente por una sonrisa.
¿Me valoraba?
¿A mí?
Hundí los dientes en el labio para no echarme a reír. O a gritar.
Qué broma.
Si de verdad me valorara, ¿no habría venido corriendo? ¿No habría llamado ni una sola vez? ¿Ni siquiera habría enviado un mensaje?
Asentí despacio y respiré hondo.
—Lo siento —susurré—. Lo he pensado bien. He dado todo lo que podía dar. Aunque haya sido su gamma durante todos estos años... sé que Calhoun encontrará a otra persona. Siempre lo hace.
Parpadeé para contener el ardor de los ojos antes de continuar.
—Yo solo... necesito regresar con mi manada. Me avisaron de que mis padres no están bien. Quiero estar con ellos mientras aún pueda. Me quedaré durante el próximo mes para ocuparme de todo el proceso de transición. Pero después...
Tuve que hacer un esfuerzo para tragar.
—Me iré. Muchas gracias por todo.
La expresión de la directora de Recursos Humanos se vino abajo.
Y eso terminó de destrozarme. Ni siquiera ella sabía qué decir.
La pantalla quedó en negro.
Entonces rompí a llorar.
Me cubrí la cara con una mano y aspiré tan bruscamente que el aire me raspó la garganta. Luego me levanté, me sequé las mejillas con el dorso de la mano y caminé hacia el rincón donde había dejado las cajas.
La villa estaba en silencio.
Había pasado cuatro años enteros en aquel refugio privado junto al acantilado. El pequeño y lujoso exilio que Calhoun me había concedido.
Él me había dado aquel lugar. Me había dicho que era mío.
Pero nunca lo había sentido como un hogar.
Empecé a guardar mis cosas casi por inercia.
No tenía demasiado. Algo de ropa. Algunos libros. Una taza que él había dejado una vez sobre la encimera y que nunca me pidió que le devolviera.
La dejé allí.
No importaba. Era otra de esas cosas cuya ausencia él jamás notaría. Tal vez, cuando por fin regresara a la villa, la tiraría a la basura.
Después de cerrar la última caja, me quedé inmóvil.
Respirando.
Pero el pecho se me cerró con tanta fuerza que tuve que apoyarme en el borde de la mesa para no caer al suelo.
Las lágrimas regresaron.
Esta vez no intenté contenerlas.
Las dejé correr.
Porque nadie me estaba mirando.
Porque, por una vez, podía derrumbarme en paz.
No me di cuenta de la fuerza con la que sujetaba una de las cajas hasta que se me cayó al suelo y los pocos objetos que quedaban dentro salieron desparramados.
Entonces los recuerdos de aquellos nueve años irrumpieron sin previo aviso.
Dios, en aquella época yo no era más que una gamma. Nadie. Una chica con la confianza hecha pedazos y las manos temblorosas cada vez que alguien de rango superior miraba en su dirección.
Pero, de algún modo —todavía no sabía cómo—, aprobé el examen para conseguir una beca y me aceptaron en la academia de élite dirigida por la manada Nightbourne.
Debería haberme sentido orgullosa.
En cambio, desde el mismo instante en que llegué, deseé poder fundirme con las paredes y desaparecer.
Los pasillos estaban cubiertos de cristal y plata. ¿Y los estudiantes? Vestían como miembros de la realeza.
¿Yo?
Ni siquiera podía alzar la cabeza sin encontrar desprecio en sus miradas.
Me observaban como si acabara de salir arrastrándome de una alcantarilla.
Como si no perteneciera a aquel lugar.
Recordaba el primer día a la perfección.
Debía asistir a Historia Política Avanzada en la Sala B2, pero ya estaba a punto de dar media vuelta. No iba a entrar allí. No con ellos. Faltaría a clase, me escondería en los jardines traseros y quizá lloraría.
Fue entonces cuando me topé con Mila Damaris.
Ella no me miró como si fuera basura. Me preguntó qué clase tenía y, antes de que pudiera balbucear una frase completa, ya me estaba llevando hasta el aula.
Así, sin más, pasé a formar parte de su mundo.
Por aquel entonces no sabía lo que eso significaría.
Dios, si lo hubiera sabido... tal vez habría huido.
Si hubiera sabido lo que alguien de aquel mundo le haría a mi amor... Si hubiera sabido que acabaría de aquella manera... quizá habría dicho que no.
Pero no lo hice.
Seguí a Mila adondequiera que quisiera llevarme. Poco a poco, se convirtió en mi mejor amiga. Me presentaba ante todo el mundo como si yo fuera alguien importante.
Incluso ante su familia.
Y aquella fue la noche en que conocí a Calhoun.
Su hermano mayor.
El heredero de la manada Nightbourne.
Dios, aún recordaba la primera vez que lo vi.
Apenas me prestó atención.
Sin embargo, juraría que algo cambió dentro de mí. Mi loba se volvió loca. Ronroneaba, empujándome hacia él.
Pensé que tal vez, solo tal vez, él fuera mi compañero.
Pero ¿qué podía hacer yo con aquello?
Yo era una gamma.
Él había nacido alfa.
Así que enterré aquel sentimiento. Muy hondo. Tanto que dolía.
Después nos graduamos. Mila se marchó a Italia para ampliar el negocio de su familia y continuar sus estudios. Me pidió que fuera con ella.
Me negué.
Me quedé, no porque hubiera algo para mí allí...
Sino porque Calhoun seguía allí.
Y yo era lo bastante estúpida como para querer permanecer cerca de él.
Por eso solicité el puesto. Acepté trabajar como su gamma. Como su asistente.
Y él me aceptó. Me permitió estar un poco más cerca.
Eso debería haberme bastado.
Pero entonces llegó aquella noche.
La gala anual de las manadas.
Todo el mundo estaba allí. Vi a Calhoun junto al arco, con la mirada vidriosa y los dedos frotándose la sien.
Algo no iba bien.
Podía olerlo. Había algo extraño en su aroma.
Entonces se tambaleó. Apenas un poco, pero yo lo vi.
Y, como la tonta que era, lo seguí fuera del salón hasta el pasillo en penumbra.
Debería haber dado media vuelta.
Estaba sacando el teléfono cuando oí su gruñido de dolor.
Entonces se volvió hacia mí.
Sus ojos brillaban con un intenso tono ámbar.
Su lobo intentaba salir.
—¡Calhoun, espera! Solo aguanta... ¡Voy a llamar a alguien!
Nunca llegué a hacer aquella llamada.
De pronto, estaba frente a mí. Respiraba con dificultad y tenía una mano apoyada con violencia contra la pared, junto a mi cabeza.
Entonces me besó.
No.
No me besó.
Me devoró.
Y yo...
Yo se lo permití.
Debería haberlo apartado. En lugar de eso, cerré los ojos y dejé que mi estúpido corazón creyera, aunque solo fuera por un segundo, que él me deseaba.
Entonces llegó la mañana siguiente.
Ojalá nunca hubiera despertado.
No en aquella cama.
No en aquella habitación.
Durante un instante, el mundo quedó en silencio. Por primera vez en una eternidad.
Hasta que abrí los ojos.
Calhoun estaba sentado en una silla junto a la ventana, con una pierna cruzada sobre la otra y los brazos apoyados con indolencia, como si hubiera pasado toda la noche observándome dormir.
Su mirada inexpresiva se clavó en la mía. Estaba tan vacía que me robó el aire de los pulmones. No había ni un atisbo de emoción en su rostro.
Se me encogió el estómago.
Entonces me di cuenta.
Estaba desnuda.
Dios... Aquella había sido mi primera vez.
¡Le había entregado mi primera vez!
El dolor se extendía por todo mi cuerpo. No era solo físico. Había algo más, algo que gritaba que había cometido un error tan terrible que quizá jamás lograría recuperarme.
Intenté incorporarme. Hasta respirar parecía un castigo.
Calhoun no se movió. Se limitó a reclinarse en la silla, sin apartar los ojos de mí, como si estuviera observando algo insignificante.
Cuando habló, lo hizo con frialdad.
—Sé que te gusto. Lo supe desde el momento en que Mila te llevó a la villa familiar.
Me quedé paralizada. Entreabrí los labios, pero no conseguí pronunciar una sola palabra.
—No necesitas fingir. Lo sé. —Se inclinó hacia delante—. Pero no te hagas ilusiones. Nunca me gustaría alguien como tú. Lo que ocurrió anoche fue un error... y debería quedarse así.
Sus palabras me golpearon como una bofetada, pero su expresión no cambió.
Ni siquiera mostró un atisbo de culpa.
¿Yo era un error?
Debería haber dicho algo. Haberle gritado. Haberlo abofeteado.
Pero había perdido la voz.
Y el corazón se me hundió en el pecho.
Calhoun se levantó con toda naturalidad, caminó hasta un cajón y sacó algo.
Una tarjeta negra.
La arrojó sobre la cama como si fuera basura.
—Mila me habló de ti —murmuró, todavía sin mirarme—. Tu familia pasa por dificultades. Eres de sangre gamma. Intentas hacer algo con tu vida.
Se volvió para marcharse, pero antes añadió, sin que su expresión se alterara:
—Ahí hay suficiente dinero para que puedas instalarte. Ya me darás las gracias después.
En ese momento, las lágrimas empezaron a escocerme en los ojos y la humillación me cerró la garganta. No sabía cómo tragarme aquello.
Pero él no se detuvo.
Me miró directamente a los ojos y dijo:
—No me mires así. Estoy enamorado. Tengo una compañera. Será mejor que los dos olvidemos que esto ocurrió.
Fue cruel.
Ni siquiera intentó ocultarlo.
Y yo me odié por haberme permitido soñar, aunque solo hubiera sido por una noche.
Entonces volví a oír la voz de Mila en mi cabeza.
—Está obsesionado con Carmela Reyes. Ya sabes, la chica de la manada vecina que no deja de engañarlo. Nunca dejará de perseguirla.
Mila tenía razón.
Calhoun jamás dejaría de ir detrás de alguien que no paraba de hacerle daño.
Y yo...
Yo solo era la idiota que había creído que quizá las cosas podrían ser diferentes conmigo.
Las lágrimas cayeron antes de que pudiera contenerlas. Sin embargo, él ni siquiera me dedicó una mirada mientras se dirigía hacia la puerta.
—¡Espera! —jadeé.
Me levanté de la cama a trompicones, arrastrando las sábanas conmigo. Todo mi cuerpo temblaba, pero no me importaba parecer patética.
—No quiero tu dinero —dije con la voz quebrada—. Solo quiero una oportunidad para demostrarte que podría estar destinada a ti.
Se detuvo.
Luego se volvió, puso los ojos en blanco y salió de la habitación.
Así comenzó mi infierno.
Desde aquel día, no fuimos más que dos extraños durante el día. Por las noches, yo me convertía en su asistente.
En su juguete sexual.
Nada más.
Me esforcé muchísimo. Le compré regalos, pequeños detalles que creí que podrían hacerlo sonreír.
Nunca abrió ninguno.
Los encontré todos en la basura.
Pero nada me preparó para su cumpleaños.
Aquella noche estaba sentada en el suelo de mi habitación, aferrada a una estúpida cajita con unos gemelos que nunca llegué a entregarle, cuando vi la foto que había publicado en sus redes sociales.
Calhoun y Carmela Reyes.
Él la estaba besando.
Y entonces lo comprendí.
Nunca sería suficiente.
Nunca lograría curarme de aquello.
Volví a clavarme los dientes en la mejilla hasta que el sabor metálico de la sangre me llenó la boca.
Ya había llorado bastante.
Lo juraba.
Regresé bruscamente al presente, recogí la caja del suelo y me dirigí hacia la puerta.
Pero, en cuanto la abrí, el aire se me quedó atascado en la garganta.
Calhoun estaba allí, apoyado con indolencia contra el marco.
Habló con total despreocupación, como si yo no me estuviera muriendo por dentro.
—¿Adónde vas?
Una fuerte presión me oprimió el pecho.
—Encontré un apartamento nuevo. Me mudo.
Él emitió un sonido bajo.
—Yo te llevo.
Abracé la caja con más fuerza y respondí enseguida:
—No está tan lejos.
Se le tensó la mandíbula.
—No te lo estaba preguntando.
No volví a discutir.
Caminamos en silencio hasta su Porsche. Sin embargo, en cuanto subí, supe que algo iba mal.
El interior apestaba a perfume floral.
Había muñecas rosas colocadas cuidadosamente sobre el salpicadero y el asiento.
Calhoun se dio cuenta de que las miraba y puso los ojos en blanco.
—Carmela quería un cambio. Tuve que dárselo.
Algo volvió a quebrarse dentro de mí.
Aquel era el coche donde me había susurrado cosas que, como una estúpida, había creído.
Donde me había follado.
Y ahora... era de ella.
Todo era de ella.
La caja se me resbaló de los brazos y cayó al suelo. El cristal que había dentro se hizo añicos.
Me apresuré a recoger los pedazos, pero uno de los fragmentos me abrió un corte profundo en la palma.
La sangre brotó al instante.
—Mierda —gruñó Calhoun mientras extendía una mano hacia mí.
Antes de que sus dedos pudieran rozarme, su teléfono vibró.
Se detuvo.
Luego contestó.
—Calhoun, cariño, me corté la mano —gimió Carmela al otro lado de la línea—. Está sangrando. Ven a casa, por favor.
Me quedé inmóvil.
Calhoun suspiró y me miró.
—Llamaré a mi beta para que venga a buscarte. Quédate quieta.
Y se marchó.
Me dejó allí.
Sangrando.
En el suelo.
Con cristales clavados en la piel.
El pecho se me cerró dolorosamente.
—Conseguirás lo que quieres, Calhoun. Nunca volveré a amarte.
