¡Crash!
Mi prometido me soltó un sopapo.
Hace tres minutos, andaba en mi propio mundito, fantaseando con cómo iba a poner bonito ese ático carísimo que parecía salido de una revista top de decoración.
Hace dos minutos, se me cayó una taza. Así, sin querer.
Y pum, Rhys me metió un manotazo en plena cara —sin andarse con medias tintas.
La mejilla me ardía como si me la hubieran pasado por la parrilla. Me tomó como medio minuto volver al presente, tratando de juntar las piezas para entender qué carajos acababa de pasar.
"¿Perdiste la cabeza o qué?" solté con los dientes apretados, tratando de que las palabras salieran mientras la mandíbula me temblaba.
Rhys tenía los labios apretados en una línea helada, la cara toda cargada de enojo. "Era solo una taza con el rostro de Catherine", soltó, como si yo estuviera haciendo un escándalo por gusto, y no reaccionando a la locura que acababa de hacer.
"No me jodas", le solté, sin poder creerlo. El pecho me subía y bajaba, desbordado de rabia y una vergüenza que me revolvía por dentro.
Por medio segundo —literal— le cruzó una sombra de remordimiento en la cara. Pero se le fue al toque, aplastada por el cabreo que se le venía encima.
"¡La desequilibrada eres tú!" gritó, todo fuera de sí. "Acepté casarme contigo, ¿qué más querés? ¡Catherine se fue por tu culpa, y encima rompés esa taza como si nada!"
La voz le vibraba del coraje. "¡Era tu hermana! ¡Y tuvo que irse por tú! ¿Ahora también le tenés envidia? ¿Querés borrar todo lo que era de ella, no basta con que ya no esté?"
El odio en sus ojos me atravesó más duro que la cachetada.
La mejilla me latía con fuerza. De la mano me chorreaba sangre. Pero el corazón, el corazón era lo que más me dolía.
Apreté los dientes y solté lo mejor que pude: "Yo no la eché. Jamás quise que se fuera."
Sí, si lo pensabas bien, era posible que alguien llegara a esa conclusión. Catherine dejó una nota. En esa carta decía que había leído mi diario, que sabía que me gustaba Rhys y que decidió "dejarlo ir", "cedérmelo".
Nunca entendió que un diario es privado. Ni se le cruzó por la cabeza. No solo lo leyó, sino que fue y lo ventiló sin pensar dos veces. Ni a quién afectaba, ni cómo.
Nadie se detuvo a pensar en lo que me dolió que se supiera mi secreto. Me crucificaron como si fuera la peor. Como si lo que ella hizo fuera de santa.
Para mi familia, fue como si hubiera ganado un premio que no merecía. Como si debiera estar feliz porque ahora yo era "la elegida". Aunque Rhys me clavara un cuchillo, seguro encontraban cómo disculparlo.
A veces pensaba que mis viejos siempre me despreciaron. No importaba si era más capaz, más sensata o más madura que Catherine, siempre era la "resentida", la que vivía compitiendo.
El ardor de la cachetada se hizo más fuerte.
Apreté el anillo de compromiso con tanta fuerza que los dedos me temblaban. Una rabia caliente me subió hasta la garganta, mezclada con una vergüenza y un dolor que me carcomían.
Los ojos se me llenaron de lágrimas, calientes y furiosas, nublándome la vista. Parpadeé con fuerza; no pensaba llorar. No frente a él.
Di un paso hacia la puerta, como si cada movimiento me costara. Tenía que salir de ahí ya, o me iba a quebrar delante suyo. Y lo último que me quedaba era esa puntita de orgullo. No se la iba a regalar.
Rhys, de golpe, me pescó la muñeca y me jaló pa'l otro lado. "Limpiá eso."
Lo miré, boquiabierta, queriendo asegurarme que no había escuchado cualquier cosa.
"Tú rompiste la taza. Juntá los pedazos", escupió, con una frialdad que me heló la piel.
¿Estaba del tomate?
"No", dije, levantando la cara con firmeza, soltando la negativa sin un titubeo.
Frunció la cara, le temblaron las mandíbulas. "¿Estás segura de que querés llevar esto hasta el final?"
"Sí. Ya te lo dije: no." Tenía los ojos vidriosos, pero ni se me movió el parpado. Lo miré fijo, con una decisión que rompía cualquier miedo.
Si amar significaba pisotear mi dignidad, entonces no era amor.
Parecía que el aire se estiraba entre nosotros, listo para estallar. Podía escucharlo crujir. La bronca en sus ojos era puro fuego, y debajo de todo eso... había algo más. Incredulidad pura. Como si no pudiera creer que esa mina sumisa de antes ahora se le plantara.
Dio un paso, queriendo intimidar. "Última chance. Si no hacés lo que te digo, entonces nosotros—"
"—se acabó", lo corté en seco, con una frialdad que helaba.
Se le borró la cara. Por unos segundos, ni respiraba. Jamás imaginó que me animara a decirlo.
Aproveché que estaba en blanco y me zafé del brazo con fuerza. Recién me empezaba a correr la sensación de alivio cuando él me lo volvió a agarrar, esta vez con tanta brutalidad que me dolió.
Ya fue.
Giré sin pensarlo y ¡paf! le solté terrible cachetazo en esa cara tan bonita y arrogante que tenía.
Todo se quedó en silencio. El aire, pesado, se detuvo.
Sentí la mano cosquilleándome, pero dentro algo explotó: una satisfacción que no había sentido nunca.
Rhys retrocedió unos pasos, como si no pudiera procesarlo. No tanto por el golpe, sino porque su mundo se acababa de dar vuelta. Nunca creyó que yo sería capaz. Y eso que una vez lo amé con el alma entera.
Bajé la mano, subí el mentón y lo miré a los ojos. Me salió una sonrisa chiquita. "Ya estamos a mano."
Sin darle margen a reaccionar, salí arrastrando los pasos de ese infierno.
Un segundo más ahí y me deshacía. Antes que él viera mis lágrimas, prefería tragarme todas las heridas.
Y entonces... ¡zas! De cara al piso.
Tacones altos y caos mental: combinación letal.
Palmas y rodillas al mármol, un ardor punzante. La sangre brotó, pero ni lo registré.
Me levanté como pude, agarré mi bolso y seguí.
Solo quería volver a casa. Alejarme. De ahí. De él.
Como si estuviera escapando de una escena de crimen, salí volando —para chocarme de frente con una muralla de músculo envuelta en perfume de lujo.
Levanté los ojos... y ahí estaba. Un rostro perfecto, con esa energía que podía callar todo un recinto con solo entrar. Era de esos que si se enfadan, no te mandan al demonio, te hacen desaparecer sin que quede rastro.
Lamentablemente —o no tanto— eso lo hacía aún más atractivo.
Un microsegundo deseé que me tirara al hombro y me llevara a su cueva. Me sonrojé como idiota. Si esto fuera una escena hot, la cámara estaría en el peor ángulo.
Volví a la realidad.
"Perdón", solté en automático y corrí al ascensor de mi edificio.
Ya arriba, busqué en el bolso. Y se me cayó el alma al piso.
Las llaves. No estaban.
Obvio. El universo estaba con todo en mi contra hoy. Bienvenidos al Día del Desastre versión Mira.
La frustración me explotaba en el pecho. Me saqué los tacones de un puntapié y empecé a sacudir la manija de la puerta como una loca. Nada. Pero tenía que largar lo que me comía por dentro. ¿Por qué siempre Catherine? ¿Por qué por más que diera todo, nunca era suficiente?
Me derrumbé contra la pared, resbalando hasta el suelo frío. Los sollozos me destrozaban la garganta. Las lágrimas me caían en catarata.
Entonces, justo cuando estaba más hundida, una voz —grave, bajita, como terciopelo oscuro— rompió el aire a mis espaldas.
"Tu llave."
Una chispa de enojo me recorrió entera. ¿Otra interrupción justo cuando necesito llorar a gusto?
Con ganas de fulminarlo con la mirada, me giré... y ahí estaba otra vez. El tipo de antes. El que parecía sacado de un retrato carísimo de otra época.
"Se te cayó la llave", dijo, alzando una ceja y señalando las cosas de mi bolso regadas por el piso. "Capaz por eso no la encontrabas."
Mirá la llave en su mano, con tanta elegancia, y sentí que la cabeza me ardía de vergüenza. Se la arranqué y abrí la puerta a los tropezones, sin decir ni una palabra.
Recién cuando cerré la puerta detrás mío, me cayó la ficha: ni le di las gracias.
Bravo, Mira. Qué genia.
Curiosa, me asomé al huequito en la puerta. Y adiviná. Lo vi abrir tranquilamente la puerta de enfrente y entrar como si nada.
¿Era mi nuevo vecino?
Seguro se mudó hace poco. Con esa facha y esa vibra, imposible que no lo hubiera notado antes.
Pará, Mira. ¿En serio te vas a distraer con un desconocido fachero justo ahora, después de lo que te hizo pasar Rhys?
No. Ni loca. Todos los hombres son una pesadilla.
Cerré los ojos con fuerza, tratando de autoconvencerme. Pero ese rostro, tan jodidamente perfecto, volvía a colarse en mi cabeza.
Necesitaba hielo. Para calmar la cara... y el corazón, que no dejaba de latir como loco.
Iba a pararme para ir a la cocina, cuando sonó el teléfono.
Un vistazo a la pantalla. Sentí un frío recorrerme la columna.
Mamá.
No podía evitarlo. Si la ignoraba, me arruinaba la vida sin pensarlo dos veces. Sabía de lo que era capaz.
Apenas contesté, su voz me atravesó como un cuchillo. Rica, helada y cruel.
"¡Mira, estás mal de la cabeza! ¿Cómo fuiste capaz de humillar así a Rhys? ¡Pedile disculpas ya, o te vas olvidando de ser nuestra hija!"
Quise hablar, explicarle todo, pero me cortó antes de que dijera algo.
Apreté el celular con tanta fuerza que pensé que lo rompería. ¿Por qué, por más que hiciera todo bien, nunca me ganaba ni un poquitito de su cariño? Catherine no hacía nada, y era la princesa de siempre.
Basta.Ya Basta.
Pensé que si me esforzaba, si ponía corazón en todo, me ganarían Rhys, mi familia.
Pero no. Jamás me iban a querer.
Ahora tenía que volver a encontrar el respeto que había perdido.
Debía romper esta farsa de compromiso con Rhys. Sin importar lo que venga.
